Juventud, divino tesoro, ...¿O eso era antes? Desde luego, ahora no.
He crecido bastante en estos últimos tiempos y lamento comunicar que voy dejando atrás el ser joven. Pero, paradojas de la vida, ahora me he vuelto a encontrar con la juventud, la de cientos de jóvenes: Malos estudiantes; vagos y astiados de la vida; protestones y protestantes... Competentes para algunas cosas -como la de exigir sus malentendidos derechos- e incompetentes ante sus deberes. Críticos chillones con un supino grado de estupidez. Lascivos en comentarios, tóxicos en su modo de vida...
No sobra que recuerde que el modelo familia tradicional se ha desvanecido. Los jóvenes ya no tienen padres. Tienen asalariados esclavos y esclavas que pagan sus consolas y caprichos, su alimento y el techo hipotecado que los cobija. Sus padres no están presentes, son los nuevos desconocidos. Los escuchan más que antes, pues oyen minutos y minutos sus voces a través de móviles de ultimísima generación; aunque, lo que es verlos, los ven bien poco.
Sin padres, sin madres, con la violencia de la Wii y el alimento de los Wok, los nuevos jóvenes deberían ser el gran reto de todos. ¿Cómo hacerles ver lo que está bien en la vida, si sus propias casas carecen de vida? ¿Cómo animarles a apagar televisores y consolas de videojuego, tuentis y chismorreos y miren más al mundo?
Desde mi prematura madurez me aproximo a estos nuevos jóvenes, que realmente me asustan. Sin ir más lejos, en dos semanas he presenciado varios espectáculos que ni en los Sálvames verspertinos. He visto a las niñas imitar a Belén Esteban y al resto de colaboradores con su gritos. He oído a un chaval marginal gritarle al alumno más aventajado y de más color de su clase, ¡que para qué estudiaba!, que su futuro era tan negro como él mismo o como su madre, que la verdad -la que mora ahí fuera-, la que espera, es la de ganar dinero "haciendo trencitas" ... Y esa maldad (tan grande) en un niño de 12 años, me ha dejado más sordo que cualquiera de los gritos. Y me pregunto si aún hay lugar a la esperanza.
Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.
Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.
Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.
Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.
Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.
Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.
Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.
A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.
Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.
Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.
Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
resuelve mi alma de encina.
Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.
Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.
¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?
Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.
Miguel Hernández, no hubiera podido imaginar tanto nuevo yugo.