Soy un pirata bueno, un Robin Hood de los mares, un bucanero de las denuncias. El Capitán Sparrow y Bartholomew Roberts son mis amigos. No quiero saber nada de Barbanegra desde hace siglos. No soy Chanquete, ni trabajo para Iglo ni Pescanova. Este blog es mi galeón, Círculos Cerrados. ¡Qué más da dónde esté! Todos estamos navegando. Yo navego entre aventuras, ratones y fantasmas. Todo lo real, lo de la tierra firme, tiene su reflejo, surrealista, en este espacio. ¡Zarpen conmigo que os contaré historias! Mis historias, las historias de piratería.

lunes, 27 de julio de 2009

Una estrella de mar dorada en el Río de la Plata (I)

Los asteroideos (Asteroidea) o estrellas de mar son una clase del filo Echinodermata (equinodermos) de simetría pentaradial, cuerpo aplanado formado por un disco pentagonal con cinco brazos o más. Se conocen unas 2.000 especies vivientes. Fuente: Wikipedia

Creo que nunca he confesado cúal es mi edad, ni cuántas canas peinan la barba de este lobo marinero. Yo nací en 1929 en Ciudad Salada, el mismo año de crisis que en otras partes del mundo cayeron las bolsas hasta llegar a partirse. Un crack que afectó a medio planeta, que no fue el caso de Ciudad Salada, que salvo alguna pequeña industria nacida del mar, poca industria tenía para notar los efectos.

Mi padre odiaba las guerras y en 1936, cuando yo tenía siete años, huimos de España. Embarcamos, exiliados de nuestro orígenes, sin saber cuando volveríamos. Emigramos para alejarnos de un país que se había vuelto loco y en el que se mataban los hermanos. Yo me he criado en el mar, vivo embarcado desde que sé contar con los dedos. Conozco los vientos, las corrientes y sé leer en el horizonte. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, tres años después de embarcarnos, ya habíamos dado varias vueltas al mundo y había llegado el momento de parar. Los mares, inseguros con tanto acorazado, se habían vuelto inciertos, traicioneros. Y mi padre, buscando el calor de los españoles huidos, nos refugió en la Argentina, en mi Buenos Aires querido. Allí pasé mi infancia y allí, una noche oyendo la radio en cubierta, escuché que, tras cinco años y más de cincuenticinco millones de muertos, la guerra había acabado. Ni el peor de los tifones, ni de las tormentas, podría dejar tanta secuela. Aunque lejos de casa, debo agradecer a mi padre, doblemente, por darme dos veces la vida. En 1945 y a mis diesicéis años, no había camino de regreso. Un joven y apuesto marinero, superviviente de un barco, éste, a duras penas a flote en el Río de la Plata, mi hogar. Un joven curtido de mar posicionado en la reflexión impar del atlántico espejo del otro lado del mundo. A veces pensaba que si el mundo fuera del papel que están hechos los mapas lo plegaría, de modo que mis dos mundos se tocaran, Buenos Aires y Ciudad Salada.

A los 16 años no parecía tan joven, el sol y la sal habían avejentado mi rostro, ocultando mi verdadera edad de la imaginación de los otros. Ahora parezco más joven, a mis ochenta años me imaginan veinte menos, la piel de nuestra familia resultó ser muy buena y los brebajes cerveceros sembraron en mí una salud de acero. En realidad lo que siempre tuve de acero no era la salud, fue el corazón. En plena adolescencia estaba enfadado con todo, nada, ni nadie, era capaz de ablandar al joven guerrero. Bebía como el que más y ya había aprendido a fumar. También aprendí a introducirme cerillas bajo las uñas, una forma de habituarme a resistir mejor cualquier dolor, que, según decía mi padre, era la fragancia de la vida.

Una noche no acabé en la cantina. Sobrio, las calles de Buenos Aires me parecieron más rectas y más puras, tanto, que sentí la mano húmeda del frescor en la cara, el mismo que debió sentir Pedro de Mendoza cuando llamó a la ciudad, en 1536, Nuestra Señora del Buen Aire. De mayor me enteré que Buen Aire no era por la brisa, sino por la castellanización del nombre de la Virgen de Bonaria, la Virgen de la Candelaria (como mi cuñada) que era venerada por todos los navegantes de Cádiz (como mi padre). Empecé a vislumbrar una extraña hermandad y el porqué de este destino.

Como iba diciendo, la noche olía a tango y a sentida sensualidad. Caminaba por la calle Libertad, en su sentido más estricto, cuando llegué a su confluencia con Cerrito, Viamonte y Tucumán, y sentí la llamada. Impresionante en su arquitectura, y hoy más viejo que yo (hace poco cumplió cien años), se encontraba el Teatro Colón. Algunos viejos de aquella época recordaban otro teatro con el mismo nombre en las inmediaciones, exactamente donde hoy se halla el Banco Nación, frente a la plaza de Mayo. Entonces, un cartel anunciaba una ópera, Aida, de un tal Giusseppe Verdi -me dije, que si yo hubiera elegido apellido, eligiría azul, por el mar-, la misma Ópera que inaguró el teatro en 1908. No me acuséis de inculto, porque fuera poca mi educación antes de saber interpretar los libros, pero, por aquellos años, no sabía que era La Ópera. La única opera-ción que conocía fue una que tuvieron que hacerle a mi madre en la boca, le apestaba a nutrias muertas un diente que no había quien lo extrajese, lo tenía tan agarrado por aquello del hambre que para quitarlo hubo que abrirle la mandíbula. Sin embargo, este edificio no tenía ese aspecto. Así que aboné una modesta cantidad en concepto de entrada para ver, desde lo más alto, a Aída, que tampoco sabía quién era.

Subí unas interminables escaleras hasta llegar arriba y sentarme en el centro de aquel espectáculo. Una vez en mi butaca pude apreciar la refinada belleza afrancesada de la sala. Primero, se hizo la oscuridad. Luego, se abrió el telón y se apartaron sutilmente dos cortinas. Las cortinas eran rojas con borlones dorados en la parte inferior, parecían pesadas, pero les confería aires de grandeza. La noche de las calles bonaerenses se había apoderado del interior del recinto, hasta que la Sala Dorada -sí, se llama así- fue cruzada por un potente haz de luz, un tunel cálido nacido de un foco, el mismo que me dejó helado. Y allí estaba ella, en el centro del escenario, brillando entre candilejas; ni su traje de esclava etíope podía ocultar su dorado halo de estrella. La obra me transladó a Egipto y transcurrió grandiosa, hasta que, de pronto, un sonido indescriptible, como el que deben de emitir las sirenas, fue impregnando la maravillosa acústica del teatro. Su voz llegó a mí, directa, una caricia tras otra de su garganta a mi sufrido rostro llevando a mis labios a casi dibujar una sonrisa. De mi ojo izquierdo resbaló, lentamente, una tímida lágrima y algo extraño me oprimió el pecho, algo que nunca me había ocurrido. Aunque intentara mantener la calma, relajarme y respirar, no pude. Suavemente los latidos se intensificaban y la voz, que continuaba inexorable su camino fundida con la música, cortaba en mí la respiración haciédome exhalar sólo suspiros. "Así debe ser la Gloria" -pensé-.

Leonor, tan joven y, a la vez, tan señora, detuvo en mí el tiempo. Leonor, tan bella como su voz, había hecho en mí, con sólo tres notas, lo que nadie hubiera hecho por mí en siglos: SENTIR.

Continuará ...

23 ó COMENTAS, o A LOS TIBURONES:

Capitán Clostridium dijo...

Volvemos al mundo del Capitán enfrentándonos con sus orígenes. Ya sabemos de su infancia entre guerras, de su rivera bonaerense y de como conoció a Leonor, su señora.

Se me apetecía navegar por la ficción mezclando algo de historia. Hemos cambiado las artes y hemos pasado del circo a la ópera. Espero que os guste.

Yandros dijo...

Tu ficción capitán parece haber salido de una vida tuya anterior que ha quedado grabada a fuego en el alma.
Haces que nos sumerjamos en la historia como un arenque en aguas bálticas y buceemos en él hasta olvidar que, como las ballenas, tenemos que salir a respirar de vez en cuando...
Un abrazo

Capitán Clostridium dijo...

Ojala, Yandros. Tal vez ansío vivir como viajero las vidas que no he vivido y desde mi prisión-pecera imagino viajes e intento capturar las esencias. Me gusta soñar.

Creo que, por fin, voy perfilando como debe ser el blog: una extraña mezcla de realidad y ficción.

Gata Negra dijo...

Hola :) vengo a avisarte que en mi blog te he dejado un premio. Todo sin compromiso, aunque si que me gustaría mucho que te lo trajeras, lo demás ya es cosa tuya ;)

Un beso!

PD, después vuelvo a leer tu entrada y comentar ;)

Capitán Clostridium dijo...

Gata Negra, muchas gracias por el premio, pero no me gustan las cadenas tipo hotmail.

Otra cosa, quiero pediros un favor, que le déis al video de youtube para escuchar la música mientras leéis. Disfrutaréis mejor las sensaciones.

Gata Negra dijo...

No te preocupes por el premio ahora, haz lo que más te guste con él....sigue con esa historia por favor por favor por favor...me ha encantado. Es que Buenos Aires y yo, aysss, no se como decirlo, nunca he estadlo allí, pero se que me espera, y algún día iré...si, algún día iré...

Jo, si hasta me he emocionado.. snifff...

Menda dijo...

Lo mejor de todo ( bueno, casi lo mejor) ha sido el 'continuará'.....A sus pies, Capitán......

Rubén Darío dijo...

He venido siguiendo la estela de la curiosidad y para matar un poco la aburrida tarde de un lunes que se hace eterno.
Solo lei la ultima entrada (prometo leer lo mas qe pueda) me trajo a la memoria recuerdos que no son míos pero que han viajado en mi familia durante tres generaciones ya...
Gracias y un abrazo.
Darío.

rosama dijo...

Que historia tan fantástica, me ha encantado, y con María Callas mas aún, me encanta la ópera y la del vídeo es una de mis favoritas, la tengo en CD para oirla de vez en cuando, lo mismo que Aida.
Esperaré con ganas la continuación.

Capitán Clostridium dijo...

Gata, te contesté en tu blog: dije lo del llano por la emoción de la música -que debéis de escuchar desde que aparece "en escena", por favor-

Gracias, Menda. Por ahí barajo las ideas. La historia no la conozco, imaginé sólo el final y debo de ir orquestando cada nota. A mí me gusta escribir así, sin ataduras, sin caminos trazados, así surge la música.

Darío espero que la curiosidad no mate al ratón, que no te va a pasar, como mucho te embalsamo... Es broma. Bienvenido a bordo.

Lo mismo te digo, rosama, gracias y (más) gracias, por estar siempre ahí. Creo que el blog va teniendo forma.

Deprisa dijo...

Me ah encantado .La formad e ontarlo se desliza sola, es como si me lo contaras en persona mientras tomamos unas copas, de verdad. La anterior entrada de este blog me intrigó. Esta me ha cautivado. Te añado a los enlaces de mi blog.

Rebeca dijo...

Pues para tener 80 añitos estás divino! yo también quiero el secreto de la eterna juventud!
Mi Buenos Aires querido y pensar en lo triste que lo vi yo, como si se hubiera ido destiñendo con el paso de los años y de toda su grandeza a penas quedaron unos cuantos edificios grises y sucios y un pequeño murmullo del tango de otra epoca que hace a la ciudad la más alegre.
Yo sí hubiera elegido el verde para mi apellido, me recuerda a la esperanza con que hay que mirar las cosas.
Precioso que algo te haga sentir, estamos tan insensibles al mundo que ya son pocas las cosas capaces de acariciarnos el alma. Yo vi Aida en el Palau San Jordi, lo cual creo que hizo devaluarse bastante el espectaculo, nada de transportes hasta Egipto, nada de lagrimas, sólo esa música que decía muchas cosas que yo trataba de averigüar siguiendo el libreto.

A tus pies mi capitán!

Capitán Clostridium dijo...

Deprisa, me alegro que te haya encantado. Seguiré contando historias...Si supiérais que soy de ciencias puras, jaja.

Rebeca, no conozco Buenos Aires pero siempre me llamó la atención y como no tengo tiempo, ni dinero, me he querido acercar a conocerla desde los recuerdos del Capitán.

Gracias a ambos. Me encanta aumentar el número de enlaces a otros blogs. Así os sigo... a todos.

Dafne dijo...

Sí,lo has conseguido estaré pendiente de la CONTINUACIÓN
Y esque estoy segura que el capitán es de carne y hueso, y que con sus dedos escribe esta historia en el blog
genial
Un beso

S. dijo...

llego tarde?noooo
80años tú?jajjaja te conservas mejor que un martillo enterrado en manteca jajjaja
Sigue contando historias Capi,me gusta mucho como lo haces

Arkangel dijo...

Espero ávido la continuación..

Capitán Clostridium dijo...

Dafne, shh, no desveles mi secreto.

S., 80 años pero por el consumo de la Cerveza Clostridium aparento 60, gracias a los antioxidantes y la inhibición de procesos catabólicos que desembocan en el envejecimiento...

Arkangel, ¿te imaginas que no haya continuación?

Ramón de Mielina dijo...

y qué más da la edad si vivimos varias vidas

Deprisa dijo...

Leonor. ¡Que bello nombre!

Casi he podido sentir el mar, el salitre, las calles de Buenos Aires...

El teatro.

Genial narración capitán.

Perséfone dijo...

Me encanta, estoy deseando leer la continuación de esta historia.

Por cierto ¿Si te dijera que a mis 25 años aún no conozco la opera? Al menos no de primera mano...

Permaneceremos atentos.

Un abrazo.

SUSANA dijo...

Buenas Tardes Capitán!

A bordo y disfrutando su amable historia! Buenos vientos lo han traído a esta parte del mundo! Tal cual dicen los registros oficiales, el 25 de Mayo (fecha patria en Argentina) se estrenó Aída con el gran tenor Amadeo Bassi y la Gran Compañía Lírica Italiana. Sí creo, aunque tengo que confirmarlo con varias fuentes primero, que el “Salón Dorado” y algunas otras dependencias del edificio, estaban incompletas en esos momentos. Le avisaré el resultado de la investigación.

Un fuerte Abrazo, ha sido todo un placer leerlo!

Común dijo...

Hola!!!!

Capitán, vos si que lo sabes hacer, me has puesto la piel de gallina (aunque no soy de river), jijiji

Aquí somos un crisol de raza, y seguro que te habrán abierto los brazos para cuidarte y brindarle lo mejor a tu familia y a vos, gracias, gracias hace muy bien leerte, lo demás es historia…
Vos naciste en el 29 yo en el 60, también con unos cambios brutales en el mundo.............
mañana voy por más.

Un súper-abrazo de oso.

Capitán Clostridium dijo...

Susana, gracias, pero sea como sea, me gusta dejar así la ficción. Todo no iba a ser real,¿no?

Común, el personaje nació en el 29, Yo no, yo nací en 1975. jajaja. Es que para saber el secreto de la longevidad del capitán hay que beber su cerveza.

SALVADOS DE LOS TIBURONES

Mis puntos cardinales